viernes, 9 de noviembre de 2018

PUBLICACIÓN : NOCHE DE ÁNIMAS


NOCHE DE ÁNIMAS                                                                     
Copyright © 2018 María Eugenia Sancho Sanz. All rights reserved.
  
Aquel 1 de noviembre era ya noche cerrada. Ellos, callado el televisor, desnudo de imágenes, negro como aquella oscura noche, observaban en silencio el golpe seco de la lluvia en los cristales.

La tormenta había dejado la zona sin luces y tuvieron que suplirlo con las lamparillas que no pusieron sobre las lápidas.

Habían estado en el cementerio. Habían rezado las preces y depositado flores sobre las respectivas tumbas familiares. Y ahora, se sentían cansados. El uno frente al otro en esa habitación algo impersonal. Las paredes grises despobladas de adornos. Parecía que acabaran de mudarse allí. ¡El tiempo transcurre tan deprisa…!

En otra época habían cosechado ilusiones. Las dejaban guardadas para realizarlas algún día. Aunque siempre surgían imprevistos, cosas más o menos urgentes que hacer, cuando no la fatiga tras la larga jornada de trabajo. Después, los informativos, el fútbol, las series. Iba transcurriendo la vida como si fueran esas gotas de lluvia que no podían retener entre los dedos. Escurridizas. Húmedas. Livianas y a veces refrescantes. Pesadas y densas otras, igual que un aguacero traidor derramándose sobre ellos cuando menos lo esperaban.

Un día y otro día. La monotonía cotidiana les había dejado exhaustos. Repletos de hastío.
Callados, se miraban oblicuamente como quien no se atreve a confesar su abulia. Los cementerios siempre remueven los recuerdos y dejan el alma húmeda como una lágrima.
Bajo la tenue luz de las pequeñas candelas, sus rostros resultaban gelatinosos, temblorosos, iluminados parcialmente, en tanto que el resto de la estancia, parecía haberse diluido en el olvido, convirtiendo el espacio en un ente fantasmagórico.

De pronto, unos golpes secos retumbaron en la puerta. Con inusual insistencia repiqueteaban estrepitosamente. La sangre les quedó helada por un momento. Voces que no reconocían, que nunca antes habían oído…

Se pusieron en pie como un resorte. Haciendo acopio de fuerzas se dirigieron hacia la salida con el fin de escudriñar lo que hubiera tras la mirilla. Solo veían sombras moviéndose en la espesa oscuridad exterior. Después...parecía un jolgorio extraño. Dudaron un instante. Su curiosidad fue más fuerte que el miedo. Al menos, algo insólito había roto la monotonía.

Giraron lentamente la llave en la cerradura. Notaron el pestillo abrirse. Descorrieron los cerrojos que graznaban como aves moribundas sobre la vieja madera. -Hace falta poner un poco de aceite, siempre te lo digo pero nunca lo haces-, le susurró él a su esposa. Como si no hubiera advertido el comentario terminó ella de descorrer la aldaba.

El portón se abrió despacio emitiendo un ligero chirrido rrrrruuuggggg. Súbitamente la mujer dio un salto descomunal, cayendo desplomada hacia atrás. Su cuerpo quedó volcado ipso facto sobre el cuerpo de él, que aún no había podido ver qué le aguardaba. Un esqueleto erguido se adelantó hacia ellos. Destacaba de entre otros más menudos que portaban sombreros amplios. Con algazara e irregulares balanceos, parecían cabalgar en un mar no en calma. A su lado individuos de extraña vestidura difícil de definir en la penumbra.

El fuerte impacto visual, el sudor frío que recorría al hombre hicieron que cayera desmayado al suelo. Ella se enderezó rauda. Sin tiempo para recapacitar, en un movimiento casi automático, se fue a buscar la escoba. Enarbolándola cual lanza de guerrero, atacó al mayor, atizándole tal estacazo que cayó derribado entre los que le acompañaban mientras terminaba de decir con un leve hilito de voz:

-¡Y que viva Mejicoooo…!-

Fue en ese instante cuando la luz volvió. Los reflectantes que colgaban del techo, se iluminaron. la lluvia había cesado y regresó el ruido del televisor. Ellos, repuestos ya del susto, atendieron a sus extraños visitantes, cuyas lesiones, bajo los disfraces, resultaron felizmente de poca importancia.

Les compensaron con dulces y bebidas -era lo que iban a buscar-, y lo que hacía escaso tiempo suscitara indolencia, se transformó en alegría de festejo.
            Como un brindis.
                       Celebrando la vida.


María Eugenia Sancho                                                                                          #DíadeMuertos.

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